Mi nombre es...
La verdad es que ya me encargo de todo un poco, aunque últimamente lo que más tiempo me lleva es buscarle los alfileres a la tía Paca y llevárselos bien sujetos al almohadín. Algunas veces cuando se dan bien las cosas, también recojo las lanas y hago con ellas pequeños ovillos, y si ya no los va a utilizar, los uso yo para rabiar a los gatines haciéndoles saltar a por el boliche de lanitas, o si me coge con tiempo para ponerle una peluca de colores a las marionetas de madera de Padre.
No me quejo, ¡como me iba a quejar!
Lo más emocionante es cuando hay que contar los puntos con ella, porque como ya casi no ve, necesita de alguien que se quede junto a ella mientras hace patucos y bufandas y le diga de vez en cuando: "¡Aaaay tía Paca! que se nos ha vuelto a saltar un punto".
Ella se ríe un poco y me contesta: "Si en la aldea supiesen lo bien que me ayudas, ya te habrían llamado de muchos sitios, pero todo llegará pequeñín". Y se vuelve a reír entre dientes mientras canturrea los puntos con la cara más feliz que jamás he visto y yo protesto diciendo que ya soy un zagal y que no tiene que llamarme pequeñín. Aunque la verdad es que cuando no hay nadie delante no me importa que me lo llame.

Hay veces que las arrugas son un mapa de la hermosura, y cada una de las que tiene la tía Paca en su rostro, sirven para contarte (si les prestas atención) lo alegres que han pasado por aquí los años.
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