Sombras chinescas a la luz de la luna
Ya lo sabes, me encanta caminar por el pinar envuelto en el manto de oscuridad que regala la noche. Puedes sentirte inmenso y diminuto a la vez, mientras te dejas acompañar por los sonidos del viento en las ramas de los árboles y el ulular de los búhos convocando a las hadas.
Animales que se saben en casa y se entretienen curiosos viendo como un extraño pierde sus pasos en su mundo; miradas atentas que aun sin poder ver, notas hilvanadas a tu figura, expectantes, en silencio.
Hasta que sin darte cuenta, te acercas demasiado a sus escondites y encuentras la respuesta de sus aleteos entre las copas de los pinos o sus saltos alejándose de tu paso, provocando que tu corazón bombee como si estuviese vaciando las bodegas de un barco que se hunde.
Pero no se hunde; navega como nunca: vivo, radiante, sin que importe lo que suceda mañana.
¿Y las sombras?¿Las sombras que te acompañan cuando la luna es fuerte y no hay nubes que la impidan mirar hacia ti? ¿Las sombras que aparecen cuando el bosque les deja un huequecito por el que respirar?
Sí, esas sombras son otra droga dura; como tú. Una dosis brutal de adrenalina.
Sin buscarlo encontré el escenario ideal para hacer sombras chinescas: un foco de luz lunar a través de las ramas de los pinos, mucho más allá del Pozo Verde.
No pude evitar que se me pusiese la carne de gallina al ver como aparecían ante mí desde mariposas a seres sin nombre, convocados por el juego de mis manos, danzando al son de mis deseos, en mitad de ninguna parte. Volví a sentirme Duende, volví a creerme un duende, volví a sentir el duende.
Hay cosas que hay que hacer de vez en cuando, y este año, el embrujo de septiembre ha vuelto cuando le ha parecido: sin mirar el calendario. Sin fijarse en qué dirán.
¡Que Pipo os acompañe!
Etiquetas: Divagaciones, Relatos



0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home