Dolor de cabeza
Frío.
De poco valía todo el sudor que había soportado sin pronunciar palabra aquel edredón, de poco no, de nada.
Quería levantarse, quitarse el traje de madera que su subconsciente empezaba a construir y gritar: ¡Basta ya! Pero hasta los pensamientos se cansaban de sí mismos.
La última vez que vio su cara fue por error: se había agachado a secar la leche derramada por la rabia y un segundo antes de que el viejo calcetín que hacía de trapo se inundase con el alimento huido, el reflejo de su rostro en el blanco lienzo le abofeteó.
¿Por qué me miras con tanta pena? Yo no soy quien ha decidido dejar de vernos, yo no he tirado los espejos a la basura, yo no...
No le dejó hablar más; golpeó con saña el suelo con el sorprendido calcetín, después con el puño abierto mientras las gotas de la blanca sangre de su enemigo estallaban salpicando su cara.
Cuando se tranquilizó aun tenía ganas de vomitar, pero se limitó a odiarse a si mismo una vez más, por no ser capaz de quererse; por no ser capaz siquiera de soportarse.
Etiquetas: Relatos



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